Últimamente me encanta preparar recetas más ligeras pero sin perder sabor, y esta lasaña de calabacín se ha convertido en una de mis favoritas. No lleva carne, pero tiene muchísimo sabor y queda increíble.
Lo primero que hago es sustituir las láminas de pasta por calabacín. Con un pelador, saco tiras largas y muy finitas — quedan perfectas y le dan una textura muy similar a la lasaña tradicional.

Para el relleno, empiezo pochando la cebolla hasta que esté bien transparente. Luego añado la zanahoria y, cuando ya está blandita, incorporo el brócoli. Me gusta hacerlo en este orden para que cada verdura tenga su punto perfecto.
Cuando ya está todo bien pochado, añado las lentejas cocidas y mezclo con cuidado para que no se rompan demasiado.
Después viene una de mis partes favoritas : la salsa. Añado el tomate triturado junto con un chorrito de vino tinto y dejo que hierva unos minutos para que el alcohol se evapore. Luego le pongo un toque de dulce (puede ser sirope de agave o azúcar), sal, pimienta, ajo en polvo y albahaca al gusto. Lo dejo a fuego lento hasta que la salsa espese bien.
Mientras tanto preparo la bechamel. En una sartén pongo un buen chorro de aceite de oliva, añado harina integral de espelta y remuevo a fuego bajo. Luego voy incorporando la leche poco a poco sin dejar de mezclar hasta conseguir una textura cremosa. Si salen grumos, un toque de batidora y listo. La sazono con sal, pimienta y un poco de nuez moscada.
Y ahora sí, el montaje
Una capa de calabacín, otra de boloñesa de lentejas, otra de calabacín, bechamel… y repito. Termino con una capa de calabacín cubierta de bechamel y queso rallado por encima.
Al horno hasta que esté bien gratinada y doradita.
El resultado: una lasaña jugosa, sabrosa y mucho más ligera
Perfecta para comer bien sin sentirse pesado.