Hace un par de noches me puse cómodo en el sofá, con la idea de ver algo que me sacara un poco de la rutina… Y de pronto apareció este título: Fair Play — o “Juego limpio” en su versión en español — una película que ya está dando de qué hablar en Netflix. Lo que prometía ser un drama más —él, ella, oficina, ambiciones—, se convirtió en un thriller cargado, tenso, incómodo, que de a poco descompone con brutal honestidad las dinámicas de poder en una relación.
Desde el principio la película engancha. Emily y Luke —ella interpretada por Phoebe Dynevor, él por Alden Ehrenreich— son una pareja joven, con futuro, comprometidos en secreto mientras trabajan en una firma financiera despiadada. Ambos brillan en su ámbito laboral y en lo personal. Hay química, complicidad, sueños compartidos. Su relación nace en la clandestinidad: nadie en la oficina sabe que están juntos, lo que añade ese toque de emoción prohibida, ese sabor de “no deberíamos estar así” que varias veces provoca sonrisas nerviosas.

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Pero claro, no todo se sostiene con pasión y ganas. De pronto se abre una plaza —un ascenso en la empresa— y Emily es elegida. Esa decisión, inesperada y trascendental, no solo le cambia el trabajo: reconfigura el equilibrio de poder en la pareja. De la noche a la mañana, Luke, quien se imaginaba coronando su propia carrera, debe ver cómo su prometida lo supera.
Lo que sigue es un descenso implacable hacia los recovecos más oscuros de los celos, la envidia y el resentimiento. Emily, por su parte, intenta adaptarse a su nueva posición: es brillante, enfocada, profesional. Pero Luke no lo toma bien. Su ego, amenazado, comienza a deformarse en reacciones pasivo-agresivas primero, luego abiertamente abusivas. Lo incómodo —y doloroso— es que lo que parecía un triunfo compartido empieza a sentirse como una traición, una afrenta al orgullo masculino.
La directora, Chloe Domont, no teme ir al hueso: “Fair Play” no es un producto glamoroso sobre ambición. Es, más bien, una disección sobre cómo muchas veces, cuando una mujer sube, el entorno —o quien comparte su vida— se sacude. Domont admite que se inspiró en experiencias personales, en esas relaciones en las que su éxito generaba inseguridades, silencios, tensiones. Y decidió narrarlo con crudeza, con honestidad, sin filtros.
Por eso la película no se detiene en medias tintas: lo erótico está ahí, sí —no como un disfraz, sino como parte del conflicto—. Al principio, las escenas de íntimidad parecen un escape, un refugio contra el estrés profesional. Pero con el tiempo, esas mismas escenas se vuelven un arma cargada: sirven para manipular, para humillar, para herir. La línea entre deseo y poder se difumina, y de repente lo que se suponía un acto de amor mutuo se vuelve una demostración de dominación.
Y no es sólo una cuestión de violencia física: es psicológica. Es humillación velada, son insinuaciones, es culpa, es miedo. Es la violencia silenciosa de quien se siente desplazado, amenazado. Y Emily —fuerte, segura de su talento— se encuentra atrapada en ese juego sórdido, donde avanzar profesionalmente se convierte en condena.
El desenlace no da respiro: cuando las tensiones estallan en un espectáculo de ira, celos y dolor, la película deja claro que no hay héroes gloriosos. Hay dos personas destruidas por la ambición, por los estereotipos, por el resentimiento. Y la pregunta queda rondando: ¿vale la pena romperse por un ascenso? ¿Qué precio pagamos cuando priorizamos el éxito sobre el respeto?
Más allá de su trama intensa, “Fair Play” se mueve como un espejo: refleja dinámicas reales, invisibles en muchos hogares, oficinas o parejas que conocemos. Esa mezcla de deseo, poder, inseguridad y violencia —sutil o brutal— que muchas veces se disfraza de “problemas de pareja” o “crisis laboral”.
Verla es incómodo, sí, pero necesario. Porque pocas veces el cine —y mucho menos en plataformas de streaming— se atreve a retratar tan crudo lo que ocurre cuando los roles de género, el éxito profesional y las emociones se cruzan en un terreno que no se reconoce como terreno fértil para el entendimiento.
Al final, uno no sale con una sensación de alivio: sale con el cuerpo tenso, con preguntas, con rabia, con dolor… y con la imperiosa necesidad de conversar. Porque esa tensión no es ficción: es lo que muchas personas viven, a veces sin saber que lo que sienten tiene nombre.
Si te atreves a verla, agárrate a la butaca. Y prepárate: el viaje es intenso, real y perturbador.